Vengo trotando con la pelota en los pies. Alguien me ha dado un buenpase y ahora me acerco al área contraria. Presiento un galopito detrásmío y apuro el tranco, asustado. Miro. Lo que veo no me dice mucho. Ladefensa adversaria está bien ubicada. En cuanto alguno se avive que nose me ocurre nada, me atora y me quita la pelota.
Podría tratar de cortársela al wing, por detrás del marcador, peroesas casi nunca pasan.
También podría amagar el pase y seguir yo, pero noto en la cara delzaguero central que se trata de un individuo suspicaz: no se tragaráningún amague.
De pronto, sin que nadie me lo diga, se que alguien aparecerá desdeatrás para ayudarme. Entonces pongo cara de centreforward, corro alarco. El zaguero se corre un poco para tapar el tiro. Pero yo noshoteo. Le doy suave hacia mi izquierda. Y allí, por donde yoadivinaba, aparece el compañero, libre de marca, ganador, imparable.Casi sin acomodarla le mete un derechazo que entra por cualquierparte. Gol.
Después de celebrar con un grito, mientras los rivales deslindanresponsabilidades, mi compañero me guiña un ojo. Al pasar me toca,apenas.He pensado como él. He confiado en él. Somos amigos. Sin mirarlo casi,le digo "Bien, che". Soy feliz.
Es hermoso el fútbol de la muchachada.El fútbol amateur, el de los equipos de barrio.El que se juega en canchas alquiladas. O en los pocos potreros que nosquedan. El que llena el Parque Saavedra. O la cancha de Alianza. O lade atrás de los cuarteles de Ciudadela. O los descampados de SanMiguel.Sobre ese fútbol se ha escrito poco y mal. No seré yo quien loremedie.
Mi humilde intención es trazar algunos apuntes para que algúnestudioso de verdad empiece a escribir de una vez un tratado completosobre el tema. Orígenes y dificultades Un equipo atorrante puede nacer de mil maneras distintas.A veces se compone de caballeros que trabajan en la misma panadería.
En otras ocasiones, sus integrantes van al mismo colegio. O viven enel mismo barrio. O los echaron de un equipo anterior. Hubo una épocaen que no se concebía un grupo de más de diez personas que no tuvierasu propio equipo de fútbol.
Empresas, oficinas, herrerías, sociedades literarias y simples patotashan dado nacimiento a temas de tan glorioso recuerdo, que a veces unosospecha que la fundación de ciertas entidades comerciales no ha sidosino el pretexto para la aparición del equipo de fútbolcorrespondiente.Sin embargo no todo es tan fácil como parece.Hoy en día resulta bastante dificultoso juntar once. Yo recuerdoépocas en que cada vez que aparecía una pelota, había que echar apatadas a los postulantes. Ahora todos son estrellas.Este no puede porque tiene que viajar a Saladillo. El otro se va a lapileta. Al de más allá, la mujer no lo deja. Después quieren que elfútbol ande bien con semejante morralla.
Otro inconveniente es conseguir rivales.
-No, nosotros estamos en un campeonato.
-No, nosotros jugamos solamente contra equipos de otras empresas.
-No, este fin de semana ya tenemos partido.
-No, nosotros jugamos nada más que los lunes.
-No, a esa hora ni locos.Es un infierno, les garanto.
Pero supongamos que usted ha conseguido a once malandras y que haconcertado un desafío contra unos tipos de San Isidro el domingo a lasnueve de la mañana en la cancha del Parque Hernández, en San Martín.
La noche anterior usted empieza a sufrir. Porque de golpe y porque sí,dos tipos se borran. Hay que conseguir otros dos. Entonces ustedcomienza un espantoso peregrinaje en busca de reemplazantes. Y llamapor teléfono o toca los timbres de sujetos que usted jamás convocaríaen circunstancias normales. Y -para peor- los muy canallas se hacenlos difíciles.-¡Eh, recién ahora me avisás!Y usted ruega y se arrastra por el suelo ante troncos irrecuperablestratando de arrancarles la promesa de su asistencia.Al final, cerca de la medianoche, el equipo queda completo, con ladesagradable presencia de un pibe de once años y de un cuñado suyo queni zapatillas tiene.
Algo más tranquilo, usted procede a preparar su ropa. Indumentariaclásica:un par de medias llenos de agujeros. Otro par de medias para usardebajo, que también tiene agujeros, pero en otra disposición. Unpantalón con tierra del partido anterior. Un par de zapatillasgastadas y otras decididamente inservibles, para prestarle a sucuñado. Hay también canilleras, pedazos de trapo, piolines y otrasbasuras que suelen guardarse en la bolsa, más que nada para notirarlas. Después de esta operación, antes de acostarse, usted mira el cielo. Ycon indignada consternación descubre algo espantoso: se está nublando.Son las cuatro de la mañana y usted permanece despierto. Truena. Soplaviento.¿Lloverá? ¿Podremos jugar igual? ¿Desertará algún pusilánime ante laventisca? Transpirando a causa de la incertidumbre, usted se duerme alas cinco.
Pero a las ocho ya está en pie. Despierto y con el corazónardiente. Ha limpiado.Sin nada en el estómago, usted se constituye en la cancha del ParqueHernández.
Cuando llega son las nueve menos cinco. Y le espera unasorpresa desagradable: usted es el primero.Pasan dos colectivos sin detenerse. El panorama es desolador. Sinembargo, en una punta del parque, como a cien metros de allí, hay unosmorochos peloteando. Usted piensa que pueden ser sus compañeros quehan llegado más temprano. Trota hasta llegar a ellos: se trata dedesconocidos.
A las nueve y diez llegan otros atorrantes.-¿No vino nadie? -preguntan inquietos.-No -contesta usted.Entonces los recién llegados se desesperan y se indignan. Loscontrarios tampoco aparecieron.
El partido peligra.Cada vez que se detiene un colectivo, la esperanza ilumina a los reos.Desde antes que el coche pare, ya se van agachando para palpitar através del parabrisas el arribo de algún otro malandra.-A esta hora ya no viene más nadie -dice alguien.Finalmente, a las diez menos cinco, con los nervios destrozados, ustedempieza a jugar.
Nomenclatura, indumentaria y heráldica Llega un momento, después de mucho padecer, después de innumerablesdesencuentros y partidos frustrados, en que el equipo tiene un elencomás o menos estable. Y aumenta la frecuencia de los desafíos. Entoncesva creciendo el espíritu de cuerpo y el deseo de consolidar el grupo.Este sentimiento ha engendrado no pocos clubes de barrio, con sede ytodo.Pero la primera medida que garantiza la existencia de un cuadro es labúsqueda de un nombre.Enseguida aparecen propuestas inevitables: "Brisas del Plata", "Oncecorazones".O sugerencias chuscas, casi murgueras: "Los lonyipietros de JoséIngenieros", "Sacale el hilo a esa chaucha".
Me permitiré mencionar -a modo de homenaje- los inmortales nombres dealgunos cuadros atorrantes que he conocido:"Halcón de Caseros", "Ciclón de Jonte", "Empalme San Vicente", "BarrioChino", "Estrella del Sur", "Namuncurá", "Los místicos", "AgronomíaCentral", "La Academia", "Celtic de Merlo", "La matraca", "Hindú","Resto del Mundo".Que el olvido perdone a todos ellos. Otro hecho de importancia fundamental para la perduración de un cuadroes la adquisición de camisetas.No nos vamos a demorar en su elucidación. Ya todos sabemos los métodosque se emplean para reunir el dinero: rifas, colectas, sustos ydisparadas de toda índole.
Debo hacer notar -eso sí- dos tradiciones que se verifican siempre.
Laprimera exige que las camisetas se estrenen perdiendo.
La segunda, quese destiñan al primer lavado.
Personajes del fútbol atorrante Cesarini decía que uno es igual en la cancha y en la vida. No sé siesto será cierto. Con la gente -ya se sabe- es inútil proponer leyesinmutablesLos postulados sirven para triángulos y cotangentes, pero no para loshombres de carne y hueso. Allí fracasan. Pero volvamos al potrero.
Conozcamos sus personajes principales.
El morfón: Azote de las canchas. Egoísta y obcecado. Jamás pasa lapelota. Unicamente lo hace cuando está perdido. Sus pases sonimperfectos, de mala gana, mordidos y con efecto. Algunos han queridover en el morfón una concepción individualista del fútbol. Yo creo,simplemente, que unmorfón es un pavote.
El tronco: No sabe nada. Es torpe. Y cada partido es para él unahumillación.
El sobrador: Cobarde en la adversidad y fanfarrón en el triunfo. Estejugador suele aparecer cuando el equipo gana tres a cero. Entoncestira caños, intenta lujos y se burla de los rivales.
El pecho frío: Ausente de barullos y entreveros. Nunca se ensucia.Nunca grita. Nunca se enoja.
El loco: Suele ser puntero. Es eléctrico e imprevisible. Jamás hacecaso, habla solo y se ríe de sus jugadas absurdas.
El arquero: Nunca supe qué es lo que hace que alguien se vuelvaarquero. Quizá alguna oculta vocación de trapecista. Hay algo curioso:los pibes más chicos se desesperan por ir al arco. Conforme crecenabandonan los tres palos y ya grandulones, hay que mandarlos a atajarde prepo.
El tipo que pasaba por ahí: Personaje cuya importancia pocos hancomprendido. Es el undécimo hombre. Cada vez que falta uno, losmuchachos miran a su alrededor, eligen al morocho más aparente y lelanzan la invitación. ¿Querés jugar? Y el tipo acepta. Lo ponen decualquier cosa, por allá adelante.Nunca le dan un pase. Lo ignoran. Ni siquiera le reprochan nada.Cuando termina el partido todos se olvidan de él, como si no hubierajugado. Y quien sabe cuántos triunfos se han cimentado en el humildetrabajo de los tipos que pasaban por ahí.
El pibe: Es más chico que todos y se abusa. Sabe que no lo van a tocary que hay diez grandotes dispuestos a defenderlo. Lo mejor es darlesin asco.
Hay muchos: el referí, el matón, el héroe, el caudillo, el delegado,el gritón, el que reparte las camisetas, el llorón, el lesionado, elsuplente, el pavo y otros mil.
Basta, por favor. Mentiras criollas Flotan en el aire algunos conceptos equivocados sobre la táctica yestrategia del fútbol atorrante. Y los futuros tratadistas deberánrefutarlos.
Veamos algunos de ellos.
"Es lo mismo perder uno a cero que diez a cero" Axioma que pretendeinducirnos a atacar desesperadamente aunque nos revienten a goles.Es falso.Es mejor ir perdiendo uno a cero. De este modo con un gol decasualidad, empatamos. En el otro caso, nos ponemos diez a uno.
"Venimos a divertirnos" Frase que le sueltan a uno cada vez que sepone un poco nervioso.Y aquí nos hallamos ante un punto fundamental.
"¿Venimos a divertirnos o a hacernos mala sangre?" me preguntan aveces cuando me enojo. Y yo contesto: "A hacernos mala sangre".Sí señor, yo no vengo a divertirme. Para eso está el ludo, eldesconfío o el pinchanúmeros, pero nunca el fútbol.Yo quiero sufrir ante el resultado incierto. Padecer la angustia deldominio rival. Sentir miedo ante los golpes y aguantármelo.Quiero imaginar que cada partido es terrible y decisivo. Sé que deberéponer inteligencia y fortaleza.Que hay compañeros que necesitan socorro y adversarios dispuestos atodo.Esta realidad me excita, me entusiasma, me indigna y me enfervoriza,pero no me divierte.
Y quienes van a la cancha a divertirse han equivocado el lugar.Una receta para ganar siempreNo se trata de un esquema posicional.
Es algo sentimental.A tomar nota los técnicos, porque esta receta nunca falla.Pues bien:sostengo que el afecto entre los integrantes de un equipo,lo torna invencible. Por eso no debemos burlarnos socarronamente de aquellos que hablan del"grupo humano". Algo sospechan estos caballeros.Yo recién lo descubrí hace poco. Una frase de Menotti me lo reveló.
Elflaco le puso nombre a algo que yo sentía desde hacía mucho tiempo.¿Por qué uno quiere en su equipo a ciertos tipos?¿Porque juegan bien? ¿Porque se adaptan mejor al juego de uno? No. Unolos elige porque los quiere más. Ahora lo sé bien.
Y sé que nuncapodría jugar un buen partido con compañeros a quienes detestara.
Esasí.Uno está dispuesto a alentar al que se equivoca, si hay afecto.Uno ayuda al que está en apuros, si hay afecto.Uno se mata cuando escucha al amigo que le grita "Bien, Negro".Y este afecto, este viril cariño, es lo mejor que tiene el fútbol.
Este juego, señores, no es una escuela de vida, ni una filosofía, niuna cosmovisión, como pretenden hoy en día los deportistaspresuntuosos.
Pero el solo hecho de aprender a cinchar por un fin común y sacar lacara por el compañero basta para recomendar su práctica con todocalor.El puntero llega al fondo de la cancha. Se dispone a lanzar centro.
Yo estoy en el medio del área. Muy marcado. El puntero no centrea.Elude a su marcador y se viene hacia el área. Uno de los que memarcaba lo va a buscar. En ese momento me la toca. La pelota vienerasante, firme.
Yo presiento algo detrás mío. Amago el remate, peroabro las piernas y la dejo pasar.
A mis espaldas entra, imparable, el compañero.
Le pega un derechazoterrible. Gol.
Cuando vuelve me guiña el ojo. Al pasar me toca, apenas.
Casi sinmirarlo le digo "Bien, che".He pensado en él. He confiado en él. Somos amigos. Soy feliz.
Buenastardes.
Alejandro Dolina
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